Julio César. Órdenes de la bisabuela. Tal como mi hija, en una historia emparejada; Amanda, honor al nombre de mi hermana, quien comparte el mandato de la bisabuela ésta.
Grandes extensiones de tierra chiapaneca y una historia que, por criolla, es para mi un abanico de encuentros, re-encuentros, muy seguido, desencuentros.
El hombre no es hombre hasta que oye su nombre en labios de una mujer.
La progenie de visos adolescentes en la gloriosa altivez de mi bisabuela, hermosa botella de vino criollo aiereándose a las cinco de la tarde, creó mi familia. Hoy por hoy, muchas botellas de vino criollo.
Crece mi madre, Zoila Esquinca, ahora, viuda de Sarmiento. En espera de reunirse con su Humberto. Así es doña Zoila Esperanza. Y vaya que lo es.
Perdón, sí, me divierto con el temporario de mi vida. Como siempre y a lo mexicano, dicen, que Juan (de todos los Díaz) tiene la culpa.
A doña Hilda Rodríguez V. de Esquinca, abuela madre de mi madre, se le hinchó la gana: leyó una novela y se le apareció aquel nombre de aristocracia, de imperio. Julio César. Que finalmente, con insondable gratitud llevo, gracias abuela: me hemisferia.