miércoles, 15 de octubre de 2008

EL DESAYUNO

El Desayuno

Recuerdo que sólo quedaba un poco de machaca en mi plato del desayuno que nos invitó Bertha en su casa cuando ella preguntó si creíamos en el destino. Un día antes había hablado por teléfono al lugar donde trabajo. Francisco, él es compañero de trabajo, contestó y pasó la llamada. Te habla una tal Bertha, me advirtió.
-Qué pasa- dije a Bertha a manera de saludo con el teléfono pegado a la oreja mientras redactaba una nota sobre el suicidio de un preso.
-Mañana a eso de las ocho ven a la casa a desayunar va a haber machaca, frijoles con panela y tortillas de harina. No faltes, Víctor también vendrá- me invitó y sin darme chance de decir si o no puedo ir, colgó.
Quien sabe por que pero ese viernes no me emborrache así que la mañana del sábado aparecí un poco antes de las ocho cargando con unos libros propiedad de Bertha que ella ya daba por perdidos.
- ¿Tú los tenías?- dijo al ver los libros, luego saludó con un beso en la mejilla y me invitó a pasar a su casa.
Cinco minutos después Víctor tocó a la puerta con golpes secos y espaciados. Salió del umbral con una botella de bacanora del mejor que había conseguido a través de un amigo suyo que trabajaba de mayordomo en el rancho de su tío.
Si bien la casa de Bertha es chica, la cocina se ajusta lo suficiente como para que una cocineta, un refrigerador, una barra de madera y cuatro sillas no estorben. Nos sentíamos cómodos en la cocina y pensé en ese momento que jamás había estado en reunión tan amena que al principio de aquel desayuno. Comimos, tomamos, reímos y hablamos como amigos que fuimos hace años.
Víctor había vuelto de uno de sus misteriosos viajes. Inexplicablemente, ya que él nunca habla de sus andanzas, dijo que había estado en el desierto. Platicó de un lugar extraño, mágico, sin gente a los alrededores, con dunas de arena fina, de un cielo al atardecer color bermellón con franjas moradas y animales raros. Quise saber la ubicación exacta del lugar y él respondió seco “a un kilómetro antes de llegar al Cerro del Pinacate”. Más tarde me confió que pensó: “este cabrón se está burlando de mi, no me cree”.
Estábamos comiendo cuando alguien sonó el timbre de la casa. Bertha dejó que repiqueteara, nosotros no dijimos nada, solo escuchamos. Cuando los timbrazos cesaron ella salió de la cocina; al rato regresó y entre las manos sostenía una copa tequilera que llenó de bacanora. Desde ese momento que la vi Bertha me dio mala vibra: Tiritaba como si se hubiese bañado con agua fría en pleno invierno, oprimía con la mano izquierda la copa con bacanora y se la echó de un trago. Lo primero que hizo después de tomarse el bacanora fue decirnos que iba al baño. Apenas salió de la cocina le pregunté a Víctor que estaba observando un dibujo impreso en una de las tazas con café:
-¿Y a esta qué le pasa?
-De seguro le entró la pálida, dijo.
-Pero si ya dejó de meterse tanta chingadera por la nariz.
-Eso crees tú.
Como Víctor ya no dijo nada di por hecho que la Rrorra, así le decimos a Bertha, seguía metiéndose hasta por el culo coca de la mala.
Cuando salió del baño ya no temblaba y se sentó frente a Víctor. En vez de comer hizo un lado el plato, llenó otra vez la copa, se la tomó al hilo, luego otra y la tercera la saboreó a sorbitos. Cuando Víctor se levantó para servirse café, la Rrorra aprovechó el momento para decirme que no me preocupara, que ya no se metía coca, “acompáñame con un trago” me pidió y le hice caso.
Una vez que nos tomamos las copas Bertha empezó a decir simplezas.
Siempre que veo a Bertha en ese estado me cuesta trabajo explicar lo que siento. Si bien ella no es una mujer dotada de hermosura cuenta con un atractivo, con un encanto digamos especial: es morena, tiene los ojos grandes y negros, su boca carnosa atrae la mirada, su cabello largo y rizado. Su cuerpo me recuerda a la mujer que representa a la patria en la portada de los libros viejos de texto de primaria. Si la observo por detrás sus esplendidas nalgas traen a mi memoria la noche en que ella me dio un inesperado regalo de cumpleaños. Sin embargo en ocasiones es grotesca, pero me enorgullece que esporádicamente duerma conmigo.
Una mañana estaba yo debajo de la regadera con la cabeza enjabonada, cuando se abrió la puerta del baño. Levanté la cortina y vi a Bertha vestida de blanco. Por un momento pensé que había entrado creyendo que el baño estaba desocupado y que en el momento en que viera que yo estaba en la regadera iba a salir. No fue así. Bertha cerró la puerta, fue a la regadera, descorrió la cortina y se arrodilló frente a mí. Apenas tuve tiempo de cerrar las llaves del agua para no salpicarla. Acabé agarrándome del cortinero y pensé: debo estar volviéndome loco, porque esta mujer me encanta.
En esas estaba cuando la inesperada pregunta de Bertha ¿ustedes creen en el destino? alteró el ritmo de esa mañana.
El Cucurrucucú, así le decimos a Víctor, dejó el tenedor en el plato, dibujó una mueca parecida a la que componen los presuntuosos cuando sonríen y le dijo a Bertha:
-Simplemente el destino es la suma de las casualidades que se presentan y los efectos de esos encuentros se quedan contigo para siempre.
Con esa frescura que le caracteriza cuando quiere joder a alguien, Bertha me dijo despacio pero lo suficientemente audible como para que el Cucurrucucú la escuchara:
-Uy que filósofo está Víctor esta mañana, seguro polemizó con Amalia sobre ética y religión.
-¿Qué es el destino?- preguntó Víctor- A ver Bertha, dime, ¿Para ti que es el destino?
-El destino – contestó Bertha- no existe.
- Si existe. Y como te dije el destino se conforma de casualidades bien diseñadas. Mira, las caprichosas circunstancias, esas casualidades que te transforman sin prisa en alguien desconocido, suelen llegar sin aspavientos, sin mostrarse complejas y de pronto te atrapan y ya eres otro completamente opuesto, diferente- razonó Víctor
Definitivamente un determinado creyente del destino, todo un fatalista es el buen Víctor, me dije hastiado de la conversación pero dejé que las cosas fluyeran. Si El Cucurrucucú defendía fervientemente su creencia en el destino, pues que bueno. Si la Rrorra sostenía que el destino no existe, pues allá ella. Vive y deja vivir ha sido mi filosofía, pero Bertha no se conformó con las explicaciones de Víctor y le dijo con tono molesto:
-Eres todo un fraude, sigues siendo un vividor de las circunstancias y de las….
Víctor no la dejó terminar la frase y le preguntó que si qué mosca le había picado, le dijo que la reunión estaba muy buena como para echarla a perder con recriminaciones que no venían al caso, con preguntas pendejas, que lo dejará desayunar en paz, que la machaca estaba muy rica.
-No empieces, mejor tómate otro bacanora que mira que costó trabajo conseguirlo y la verdad lo traje especialmente para ustedes dos- propuso Víctor queriendo zanjar la discusión.
-¿Qué, y tú no vas a tomar o quieres emborracharnos?- respondió Bertha.
-Ves, estás bien margara. Al rato nomás falta que digas que al bacanora le eche algo.
-No lo dudo ni tantito, para eso te pintas solo- replicó Bertha y luego como no queriendo molestar se dirigió hacia mi para decirme – Verás, pregúntale a Amalia- hizo una pausa y concluyó preguntándole a Víctor- ¿Ya no te acuerdas?
Él apretó las mandíbulas, ni contestó ni se movió.
Me levanté de la mesa para acercarme a Bertha. Cuando estuve junto a ella le dije en un susurro: “No tienes corazón, Rrorra”.
Víctor continuó con su cara de pensativo. Cuando él pone esa cara no hay poder humano que lo agite. Entra en trance y es capaz de quedarse horas pensando en quién sabe quién o en qué sabe qué.
La Rrorra fue a la estufa y calentó a fuego lento una tortilla de harina. “Son de las que hacen las doñas de la Canal”, me dijo y le dio un trago al café negro que por cuestiones de la nueva estética femenina bebe sin azúcar.
-¿No tienes hambre, Víctor?- preguntó La Rrorra
- No
-Allá tú, pero no creo que sea para tanto que una simple pregunta te quite las ganas de desayunar- le respondió más tarde cuando ella ya había terminado con el taco de machaca-, además ¿acaso es tan estúpido preguntar si uno de ustedes cree en el destino?
Bertha entornó los ojos y frunció la boca. Por alguna razón que yo desconocía ella estaba molesta con Víctor. El buen humor que había esa mañana se evaporaba. Yo no dije nada solo los observé. Tenía sed así que crucé la cocina entre las sillas y me dirigí hacia el refrigerador. Cuando llegué al rincón donde estaba el refrigerador miré por la ventana: las nubes se veían cargadas y eran rojizas y hacía poco viento.
-¿Por qué dices eso? ¿Por qué dices que soy un vividor de las circunstancias?- le preguntó Víctor.
- Y de las mujeres, también- agregó Bertha.
Fue evidente que la aclaración de Bertha lo incomodó, sin embargo Víctor le dijo:
-Ya deja de meterte tanta porquería por la nariz y por una vez en tu vida razona las cosas que dices.
- Quieto veneno.
- Si tú crees que me he aprovechado de Amalia, ese es tu problema pero por favor supera ya tus traumas.
- Uta, qué cinismo el tuyo, ¡qué hijo de la chingada eres!
- Por favor no exageres Bertha- pidió Víctor- de veras, no exageres- Aspiró y exhaló tres veces seguidas y pausado deletreó:
¿Sabes qué?: tú- va-s -y- chin-gas- a- tu- ma-dre, pin-che-Rro-rra- dicho esto se quedó callado, puso cara de pensativo y ya no volvió a probar bocado.
Cuando Víctor cruzó la delgada línea de la tolerancia la reunión se heló como si hubiera caído un chipi-chipi de agua nieve. Bertha por más esfuerzos que hizo por espantar la mala vibra que provocaron sus comentarios no lo logró.
Ella llenó de nuevo la copa con bacanora, se la tomó de un sorbo, se levantó de la mesa, encendió un cigarro y dijo:
-Ahorita vengo.
La reunión que había empezado tan amigable se convirtió de pronto en un velorio con dos muertos ante mí esperando sepultura.
- Quieres explicarme que está pasando- le pedí a Víctor.
- Ahora no
- Oye, pero esto se está convirtiendo en un tremendo show, nomás falta que se agarren a…
- Tú tranqui, ya sabes cómo es ella cuando se mete coca y en serio son cosas de su infierno. Con ella no sabes por dónde le van a brincar sus demonios. A veces es tan siniestra que…
- ¿Por qué dices eso?
- Porque lleva un infierno en su mente.
- Y un cielo también-, agregué.
- El infierno está donde ahora Bertha está y mejor vamos a tomarnos el bacanora para aguantarle sus chingaderas- dijo y sirvió dos copas rebosantes.
Yo decidí fumar. Saqué un cigarro y estaba a punto de encenderlo cuando Víctor me ordenó sin levantar la mirada: “No fumes que me hace daño”. Volví a poner el cigarro en la cajetilla. Al ver a Víctor inclinado sobre la copa, estudiándola con ojos como de lente de joyero, prohibiéndome fumar de manera tan despótica comprendí que le tenía afecto.
-¿Quieres saber- preguntó- qué es lo que trae Bertha?
-Todo
-Primero: que la coca la está volviendo loca. Segundo: que entre ella y Amalia hubo o hay algo.
-¿De veras?
-¿Qué se siga metiendo coca o que sea amante de Amalia?
-Lo segundo- contesté.
- Pues parece que la pinche Rrorra todavía no supera que la flaca viva conmigo y sobre todo que ella sea feliz-dijo y agregó- ese es todo su problema.
- ¿Amalia te ha contado algo o son sospechas tuyas?, porque afirmar que la Rrora y Amalia son amantes o lo fueron, pues está cabrón mi hermano.
- Las vi una vez, fue sin querer- me dijo, se sonrojó y se quedó en silencio.
Respeté su mutismo. Por casi cinco minutos permanecimos mudos. Al notar la ausencia de Bertha decidí marcharme.
-Ya me voy, tengo cosas que hacer- dije a manera de despedida y quién sabe por que me disculpé con: y también me duele la cabeza.
Al salir de la casa de Bertha el viento me dio en la cara y sentí frío. Con paso sosegado, en un ineludible dejarse ir sencillo, sereno, fui hacia mi casa sin detenerme en ningún lugar.
Las nubes rojizas anunciaban nevada.

ELISEO GAXIOLA ALDAMA

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