martes, 28 de octubre de 2008

Porque se me hinche la gana...mi perfil II

Desde los cinco años de edad, más por uso de la razón y no por la edad, pues todo ese largo tiempo de mi vida así lo viví, aprecié mi crecimiento con el olor del campo, pasto, agua, estiércol ( buñiga en Sonora ), humo del fogón cuajado de leña en el interior de la casita de bajaré ( troncos, varillas silvestres de madera, lodo y paja con techos de teja, construida con las manos paternas y el lodo batido por mis piecitos de 5 abriles ) y el olor de las tortillas hechas a mano de maíz también molido rudimentariamente, de mi madre doña Zoila; el relincho de los caballos ( recuerdo al conejo y al bayo y una yegua alazana ), el mugir del ganado adulto, el balar de los becerros, el cacareo de las aves de corral y esos miles de sonidos que matizan el campo chiapaneco; el canto de los pájaros, el ríspido roce de los grillos; el sabor de las frutas silvestres, los nanchis, las papausas, las anonas, los jocotes ( ciruelos o arrayanes ) frutos de la región, las pitayas, que es el mismo nombre en muchas partespero diferente fruta, por ejemplo en Chiapas y Sonora ( unas de enredadera parasitaria y frutal y la otra de cactáceos ).
Luego, como canta Alberto Cortez, me fui muy lejos ( 5 kilómetros ) fue tiempo de estudios, pero con regresos a menudo, y me mandaron a coita, ocozocuautla, un pueblito, mi pueblito, a los 5 kilómetros del rancho Las Piedronas o a 20 de La Cienega, donde discurrían mis 6 años entre quehaceres “ vaqueriles ” y baños en la laguna o a la orilla del río.
Sin embargo, no dejó de ser, sólo mi cuerpo ( que nunca es mío ). Mi padre, don Humberto Sarmiento Maza, dejó el trabajo de cuidador de rancho ( del tío Oscar por cierto ) y volvió al suyo, muy cristiano, al auténtico, carpintero, aunque todo trabajo en mi padre fue auténtico, hasta el de Guiador de Ovejas del Señor; vuelvo al relato. En una carreta jalada por dos bueyes ( sin agraviar a nadie, pues la real academia ya legitima la otra acepción, Guey ) me llevaba de salida, a las 4 de la madrugada, al rancho del tío Eustaquio, el Mogn_no, no sé a que distancia, era un niño lleno de estrellas, pero eran unas cuatro horas entre la madrugada, el despertar de los pájaros, arroyitos, el despertar de los pájaros y el chirrido de la carreta.
Por fin, en el bosque de caoba y cedro, mi padre talaba, dos o tres altos árboles, casi siempre de cedro, olorosos cedros, los desramaba y así de vuelta al pueblo, al caer la tarde, al patio de la casa llena de jocotales y capulines y aunque era bajito el viejo, bajaba de la carreta los troncos largos cual si fuera gigante y allí, a punta de hacha de mano, los labraba, volviendo cuadrado lo redondo y mientras tanto, el pueblo, el ahora lejano pueblo de mis recuerdos, olía a madero, a dulce madero de cedro.

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